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viernes, mayo 11, 2007

De Greenspan a Bernanke: la Reserva Federal de EE.UU. y el reinado financiero del lobby judío

El corazón del lobby judío estadounidense es el poderoso sector financiero de Wall Street que tiene directa implicancia y participación en el nombramiento de funcionarios claves del gobierno de EEUU y de los órganos de control de política monetaria e instituciones crediticias (nacional e internacional) con sede en Washington y Nueva York.

Por medio de la utilización política de su poder financiero, de su estratégica posición en los centros de decisión, los grupos financieros del lobby judío ejercen influencia decisiva en la política interna y externa de EEUU, además de su papel dominante en la financiación de los partidos políticos, de los candidatos presidenciales y de los congresistas.

Las principales instituciones financieras del lobby (Goldman Sachs, Morgan Stanley, Lehman Brothers, etc) y los principales bancos (Citigroup, JP Morgan y Merrill Lynch, etc), influyen decisivamente para el nombramiento de los titulares de la Reserva Federal, el Tesoro, y la secretaría de Comercio, además de los directores del Banco Mundial y del Fondo Monetario Internacional.

Un ejemplo de esta ligazón es el nombramiento, en el 2005, de Paul Wolfowitz, ex subsecretario de Defensa, considerado el "cerebro" del lobby judío de Washington, como titular del Banco Mundial. Otro ejemplo destacado, fue el reciente nombramiento de Henry Paulson, presidente ejecutivo de Goldan Sachs como titular del Tesoro estadounidense.

El ex presidente de la Reserva Federal, Alan Greenspan, como su actual presidente, Ben Bernanke, fueron impuestos por el lobby neoyorquino de los grandes bancos, financieras y corporaciones trasnacionales que se aglutinan en el llamado Consenso de Washington, un foro de existencia casi invisible desde el cual se acuerdan normas económicas-financieras y políticas de regulación de mercados que trascienden las fronteras de EEUU.

Normalmente, el presidente de la Reserva formula las "recomendaciones" sobre medidas financieras y tasas de interés y los 18 miembros del organismo dicen si están de acuerdo, y normalmente lo están, ya que el titular siempre expresa las decisiones y los intereses de los bancos e instituciones financieras que controlan a la Fed.

Como primer fuente de ingresos los bancos y financieras del lobby consiguen su tasa de rendimiento operando la concentración y la centralización del capital por medio de las "fusiones y adquisiciones" empresariales de las corporaciones y bancos trasnacionales, proceso del cual ellos mismos forman parte.

Como segunda fuente de ingresos está la especulación financiera, entre otras, con la "negociación de la deuda" y las diferentes apuestas en los mercados mundiales de valores, dentro de los que últimamente sobresalen los de la energía y el petróleo, donde Goldman Sachs y el Morgan estuvieron haciendo multimillonarias ganancias.

Entre las petroleras, en el año 2005, la Exxon registró ingresos netos de 36.130 millones de dólares (5.71 dólares por acción), un incremento de 10.800 millones en relación con el 2004, que supera a los PBI juntos de países como Bolivia, Paraguay, y Uruguay.

El consorcio petrolero Royal Dutch Shell, uno de los mayores del mundo, cerró el 2005 con beneficios netos de 22.940 millones de dólares, nuevo récord para ese indicador, según fuentes del sector. La compañía anglo-holandesa se benefició el pasado año de los elevados precios del crudo, pues los mayores ingresos corresponden a las actividades de prospección y explotación de yacimientos.

Como resultante de este proceso de concentración de capital con el sector energético, tres bancos (Citigroup, JP Morgan y Merrill Lynch) y tres instituciones financieras del lobby (Goldman Sachs, Morgan Stanley y Lehman Brothers) recibirán en el 2006 una tasa de beneficios superior a los 70.000 millones de dólares, equivalente a más de 60 presupuestos anuales de un país como Bolivia.

El organismo clave para la concreción de este proceso de acumulación financiera a gran escala es la Reserva Federal de EEUU (controlada por los grandes bancos y financieras que manejan las inversiones y los procesos especulativos a nivel planetario), fundamentalmente por medio de las subas o bajas de las tasas de interés estadounidenses.

"Guste o no, la institución tiene la capacidad de mover a los mercados", dice Michael Belongia, un ex asesor de la Reserva Federal citado por el diario The Wall Street Journal.

En este sentido, y como sostiene James Petras: "El capital financiero (del lobby) ejerce una enorme influencia sobre la política económica gubernamental mediante una representación directa en los órganos de control de la política monetaria estadounidense: el presidente y consejo ejecutivo de la Reserva Federal. Sus criterios clave para el nombramiento del presidente de la Reserva Federal son la "confianza" y los estrechos vínculos y sólidas relaciones que el candidato tenga con Wall Street".

Según The Wall Street Journal, "Durante el reinado de Alan Greenspan, las reuniones de la Reserva Federal (Fed) de Estados Unidos solían transcurrir así: Greenspan daba sus recomendaciones sobre las tasas de interés y, a continuación, los 18 miembros del banco central decían si estaban de acuerdo. Normalmente lo estaban".

El más influyente diario financiero del Imperio da "pistas" del control del mercado especulativo con las tasas de interés diciendo que el ex presidente de la Reserva, Alan Greespan, considerado el máximo gurú financiero del lobby, se manejaba con "señales" en clave para indicar las oscilaciones de las tasas de interés, vitales para las utilidades de la especulación financiera en Wall Street y el resto de las bolsas.

"Durante años, los mercados estaban atentos a cada palabra de Greenspan. Era una muestra del dominio que él tenía sobre la Fed y de su costumbre de incluir pistas veladas sobre la dirección de las tasas de interés en discursos cuidadosamente redactados", señala The Wall Street Journal en su edición del viernes 8 de septiembre de 2006.

Durante los años de Greenspan al frente de la Reserva, solamente un conjunto de grandes bancos y financieras del lobby recibían las "pistas" de cuando tenían que invertir y cuando "levantar ganancias" con sus capitales especulativos, haciendo diferencias enormes con la subas y bajas de las tasas de interés y los movimientos del dólar.

"De hecho, antes de 1994 la Fed ni siquiera anunciaba cuando cambiaba las tasas de interés: los inversionistas tenían que deducirlo de la compra y venta de valores financieros que realizaba el banco central", apunta The Wall Street Journal.

No obstante, el Journal desliza algunos cambios de "estilo" con la llegada del sucesor de Greenspan en la Reserva, un ex subordinado suyo, Ben Bernanke, que daría "más juego" a los bancos y financieras que habían quedado algo "relegados" respecto del sector que hegemonizaba durante la gestión del veterano gurú de Wall Street al frente de la Fed.

Según el Journal, "Con la llegada de Ben Bernanke a la presidencia de la Fed en febrero se realizaron algunos cambios sutiles pero importantes. Cuando los representantes de la Fed debaten la decisión sobre tasas de interés, él es el último en hablar. Los miembros de la Fed dicen que se sienten más libres para decir lo que están pensando, en vez de responder a las opiniones del presidente".

Cuando los economistas de la Fed enviaban su reporte semestral sobre crecimiento e inflación al Congreso de EE.UU., Greenspan no enviaba sus propias proyecciones. Bernanke sí lo hace", puntualiza el Journal.

Para el influyente diario financiero la "apertura democrática" liderada por Bernanke (que en realidad refleja la lucha interna de los bancos y financieras del lobby por el control del poder) conlleva sus beneficios y riesgos.

Bernanke -según el Journal- opina que la Fed durante mucho tiempo dependió excesivamente de las "preferencias personales" de sus presidentes, dando la "pista" del grupo cerrado de bancos y financieras que rodeaban a su predecesor Greenspan.

Siempre dando "señales" de como la llegada de Bernanke promovió una "mayor apertura" en desmedro de los sectores que hegemonizaban el control de la Reserva Federal en tiempos de Greenspan, el Journal señala que su nuevo titular "quiere asociar la política monetaria menos con su presidente y más con la institución".

A diferencia de Greenspan, Bernanke se ha empeñado en desarrollar al equipo de economistas menores en la Fed. Mientras su antecesor prefería comunicarse mediante memos, Bernanke muchas veces se reúne con los funcionarios de menor rango, apunta el diario financiero.

Precisando diferencias con Greenspan que solo se reunía con los grandes directivos y charman, el Journal subrraya que Bernanke ha sido visto "comiendo en la cafetería con funcionarios de la Fed e incluso jugando baloncesto con ellos".

"En eso, Greenspan era muy distinto -señala-, el ex presidente de la Fed prefería jugar tenis en las canchas de la Fed. Y, normalmente, jugaba con pesos pesados del mundo político y económico de Washington.

En resumen, el artículo de The Wall Street Journal -decodificado en sus "señales"- revela la lucha intercapitalista de los grupos financieros del lobby que controlaron la Reserva Federal durante la gestión de Greenspan, y los que buscan controlar por medio del "nuevo estilo de gestión" de su actual presidente, Ben Bernanke.

Fuera de esta guerra por el control de las políticas claves de la especulación financiera, la Reserva Federal continuará expresando las decisiones y los intereses de los bancos e instituciones financieras que controlan el planeta por medio del dinero trasnacionalizado y "sin fronteras".

Capitales del lobby judío, que seguirán con su dinámica de concentración y reproducción mediante la conquista de mercados y apoderamiento de recursos estratégicos, sea por vía de la invasión militar o del control de gobiernos con los "procesos democráticos".

IAR-Noticias / Comité Democrático Palestino - Chile

lunes, abril 23, 2007

Fondo Monetario Internacional

FMI: Instrumento de explotacion del Imperialismo
Por: José Sotomayor Pérez
El imperialismo internacional ha hecho del Fondo Monetario Internacional -el tristemente célebre FMI - un instrumento de explotación de los pueblos del denominado «tercer mundo». El saqueo al que nos somete este Fondo de latrocinio, utiliza un mecanismo muy bien ideado y aplicado. Esta es la forma como funciona:
1. El gobierno de un país «tercermundista» toma medidas para liberarse económicamente del gran capital extranjero, emprendiendo una vía de liberación nacional y social. El país da comienzo a su desarrollo libre y soberano. Es el caso del Perú bajo el régimen de Velasco Alvarado.
2. Ante tal rebeldía y atrevimiento, el imperialismo moviliza sus agentes internos en el país insurgente. La burguesía ligada a los intereses monopolistas y parte de la misma burguesía nacional se opone al Gobierno de su país, le retiran su confianza, cesar de invertir y comienza la «fuga de capitales». Caen rápidamente las reservas nacionales y el gobierno se ve obligado a pedir ayuda al FMI.
3. El FMI pone como condición para prestar su «ayuda» la devaluación de la moneda nacional; la disminución de las asignaciones presupuestarias; la reducción al máximo del sector estatal de la economía mediante las privatizaciones, y congelar los salarios.
4. Como consecuencia de la aplicación de las medidas impuestas por recomendación del FMI, el gobierno se ve obligado a suspender las re­formas y cambios de liberación nacional y social, volviendo al redil en que el imperialismo tiene encerrados a los países Tercermundistas» del sur.
5. En tal situación el Gobierno, bajo la presión del FMI aplica las medidas que este organismo le exige, como condición para obtener más créditos, cayendo en una dependencia mayor de la que pretendió salir con sus medidas nacionalistas y democráticas.
6. Ante una crisis que se agudiza por la imposibilidad de pagar una deuda externa cada vez más grande, el gobierno tiene que enfrentar un creciente descontento del pueblo que exige transformaciones que impulsen un desarrollo independiente de su país y superar las apremiantes necesidades populares: El dilema es insoslayable y no hay pacto de gobernabilidad o «concertación» que pueda ignorarlo: desarrollo independiente y defensa firme de la soberanía nacional o sometimiento a los dictados del Fondo Monetario Internacional, instrumento del imperialismo internacional.
Hasta ahora, toda la experiencia histórica ha demostrado que una colaboración idílica, sin contradicciones ni conflictos sociales en una sociedad dividida en clases sociales y en la que existe la explotación del hombre por el hombre, es sencillamente una utopía. La clase obrera jamás renunciará a defender y ampliar sus conquistas económicas, sociales y políticas. Y lo mismo ocurrirá con todo el pueblo peruano.
En conclusión debemos afirmar que el imperialismo utiliza el FMI como instrumento para mantener sojuzgados a los países del «tercer mundo», prohibiéndoles elegir su propia forma de desarrollo.

viernes, marzo 30, 2007

“LA CIA ANTES Y AHORA”


Por: Mark Engler y Jeremy Varon|
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Hace cincuenta años, en junio de 1954, la Agencia Central de Inteligencia cometió uno de los pecados cardinales de la política exterior norteamericana. En ese mes Jacobo Árbenz, elegido democráticamente presidente de Guatemala, fue depuesto en un golpe de estado planeado y coordinado por operativos de la CIA. Árbenz, un moderado, había propuesto que las tierras no cultivadas pertenecientes a grandes terratenientes como United Fruit Company (ahora Chiquita) fueran distribuidas entre agricultores pobres. Documentos desclasificados en 1997 muestran que en respuesta a esta propuesta de reforma la CIA, actuando con la aprobación del presidente Eisenhower, dirigió una campaña de propaganda contra Árbenz, sembró la deslealtad entre los militares guatemaltecos, y armó una insurgencia rebelde.
Para Guatemala, el golpe terminó con una "década de primavera" democrática, inauguró 40 años de despotismo y Guerra civil, y preparó el camino para un asalto genocida a las poblaciones indígenas mayas en los años 80. Iba a tener también consecuencias duraderas para EE.UU. Aunque la CIA solo tenía 6 años, el golpe en Guatemala, poco después de la exitosa instalación del Sha en Irán por la CIA en 1953, estableció un patrón de apoyo norteamericano a gobiernos antidemocráticos durante la Guerra Fría.
Este apoyo no solo promovió incontables violaciones de los derechos humanos, sino que también provocó el antinorteamericanismo y produjo, en algunos casos, desastrosas consecuencias a largo plazo para la política de EE.UU. ―lo que la comunidad de inteligencia llama "retroceso". Durante décadas tales fechorías atrajeron la condena de activistas de los derechos humanos y de la solidaridad, algunos de los cuales argumentaron que la CIA debía de ser abolida por completo.
El aniversario cincuenta del golpe brinda una importante oportunidad tanto para examinar el historial de la CIA como para preguntar, en un mundo de nuevos y muy reales peligros, si algo ha cambiado en el comportamiento de la agencia. Revelaciones acerca del papel de la CIA tanto en el reciente escándalo de los abusos a prisioneros como en la aprobación de los argumentos a favor de la Guerra en Iraq plantean importantes preguntas acerca de la actividad de la agencia en la era posterior al 11/9. Después de la reciente renuncia del Director de Inteligencia Central, George Tenet, y la publicación del informe de la Comisión del 11/9, ha comenzado una nueva ronda de discusiones acerca de posibles reformas a la agencia, lo que hace más urgente una consideración de qué haría falta para cambiar real y favorablemente las operaciones norteamericanas de inteligencia.
Alegrando a los espías norteamericanos
Varios sucesos relacionados con la CIA en los últimos dos años nos han tentado aplaudir a la agencia. La CIA, que llamada un "elefante rebelde" por congresistas que la investigaron en los años 70, a menudo ha estado ausente de manera conspicua de la galería de operativos algo rebeldes responsables de la irresponsable "guerra contra el terror" y la creciente catástrofe en Iraq. Es más, a medida que se ha desarrollado el caso de la administración acerca de las armas de destrucción masiva de Iraq, muchos progresistas ―nosotros incluidos― nos hemos encontrado actuando como campeones inesperados de los espías norteamericanos.
Celebramos a los funcionarios de inteligencia de nivel medio que se expresaron en contra de la defectuosa y tergiversada información que fue usada para justificar la invasión a Iraq, gran parte de la cual provino de oficinas especiales del Departamento de Defensa. Denunciamos la criminal revelación de la condición de funcionaria de la CIA de Valerie Plame por parte de dos "altos funcionarios de la administración", un frío acto de venganza política debido a la crítica por parte de su esposo de las mentiras del Presidente y un duro mensaje para otros disidentes. ("Nombrar nombres" puede dañar seriamente las funciones de la Agencia. El disidente de la CIA Philip Agee, al hacer justamente eso a principios de los 70, forzó la reorganización total de las operaciones en Latinoamérica.) Y reaccionamos con gran sorpresa cuando Richard Kay, también de la CIA, en un admirable gesto de honestidad, declaró ante el congreso que la búsqueda de las ADM había sido infructuosa. (Dada la historia de la CIA en relación con la falsificación de documentos y colocación de armas, ¿quién entre los escépticos razonables no temió de que EE.UU. inventaría la existencia de armas prohibidas en Iraq?) Finalmente, hasta los izquierdistas pudieran desear que la CIA fuera mejor en sus tareas, incluyendo las operaciones encubiertas, cuando se preguntaban si un exitoso "golpe" clandestino a Osama bin Laden no nos hubiera librado del dolor del 11/9 y en definitiva hubiera sido preferible a la problemática invasión a Afganistán.

Basados solamente en nuestra reacción a la denuncia de Plame, amigos preocupados y opositores políticos han estado preguntando: "¿Desde cuándo han sido ustedes admiradores de la CIA?" Es una buena pregunta. Sin embargo, el apoyo calificado para un personal selecto de la agencia y el reconocimiento de los peligros posteriores al 11/9 no debe enmascarar otras formas censurables en que los viejos patrones de comportamiento de la CIA permanecen igual.
Misión rastrera
Es importante, antes de presentar todo el cuadro en relación con Iraq, aclarar la distinción entre el uso apropiado y el inapropiado de las agencias norteamericanas de inteligencia. La CIA fue creada en 1947 por medio de la Ley de Seguridad Nacional. Su tarea original era la de acopiar y analizar información acerca de los enemigos exteriores de EE.UU. y de esa manera permitir al Presidente, el Pentágono y el Congreso responder a las amenazas existentes y potenciales. Entre sus premisas básicas se encuentra que es ventajoso para los funcionarios electos ―independientemente de su partido e ideología― tomar decisiones basadas en hechos sólidos y especulaciones informadas, en vez de sobre conceptos erróneos o alarmas irresponsablemente falsas. Hasta ese punto, el acopio de información es teóricamente una tarea apolítica. Por eso es que las agencias de inteligencia se nutren de funcionarios administrativos de carrera, no de personal nombrado de manera rotativa leal a una administración en particular.
Sin embargo, sería ingenuo pensar que la inteligencia del mundo real ha funcionado de esa manera. Casi desde su inicio la CIA fue más allá de sus límites y comenzó a manipular clandestinamente las políticas internas de otros países. Las primeras de tales operaciones fueron las de garantizar la derrota de los comunistas en Francia e Italia en 1948. A eso le siguieron décadas de trabajo político mucho más sucio. La CIA derrocó a líderes elegidos democráticamente no solo en Guatemala, sino en el Congo (1960), Chile (1973) y en otras partes. Desarrolló largas y sangrientas operaciones de contrainsurgencia en lugares como Viet Nam y El Salvador. Y en busca de objetivos a corto plazo creó monstruos sobre los cuales perdió más tarde el control, como los muyajadines que combatieron a los soviéticos en Afganistán, los incluían a individuos como Osama bin Laden. En cada caso, la agencia actuó con poco conocimiento del público o supervisión del Congreso.
El espionaje inapropiado por parte de la CIA, en una historia ahora enmascarada en los medios norteamericanos por medio de la amnesia y la autocensura, también contribuyó poderosamente a la actual situación en Iraq. Durante 1998, inspectores internacionales de armamentos se vieron obstaculizados por Saddam Hussein. Hussein se negó a cooperar con equipos de la ONU aduciendo que esos equipos estaban llenos de "espías y agentes norteamericanos". Independientemente de sus motivos ulteriores para hacer tales acusaciones, resultó que Hussein tenía razón. El 2 de febrero de 1999 The Washington Post reportó que EE.UU. había "infiltrado a agentes y equipos de espionaje durante tres años en los equipos de control de armamentos de Naciones Unidas en Iraq, sin conocimiento de la agencia de ONU, para espiar a los militares iraquíes". Reportes similares aparecieron en The New York Times y The Boston Globe. Sorprendentemente estos periódicos se retractaron de sus propias informaciones durante la reciente preparación para la Guerra, calificando de "suposiciones" lo que había reportado como hecho consumado.
Uno puede despreciar a Hussein y aún así reconocer que, como todo gobernante, tenía interés en mantenerse en el poder. Por tanto, era enteramente predecible que él no reaccionaría amablemente a los esfuerzos encubiertos por derrocarlo. Por su parte Scout Ritter, el disidente de UNSCOM, apreciaba esta sencilla lógica. Él señaló que el espionaje de la CIA había violado la letra y el espíritu de las inspecciones. Renunció al UNSCOM y denunció el hecho. EE.UU. y no Hussein, insistió Ritter, violó el acuerdo. Por decir esto fue atacado furiosamente por la administración Bush y ridiculizado por los medios.
La salida de los inspectores resultó ser desastrosa. Al marcharse ellos el mundo solo tenía un cuadro borroso del estado de las ADM de Iraq, lo que allanó el camino para las tenues, belicosas y finalmente fatuas acusaciones de la administración Bush acerca de la "grave y creciente" amenaza iraquí.
La aprobación del caso a favor de la guerra
Al hacer una inspección de cerca, la CIA también demostró desempeñar un papel vital en las falsedades para hacer la guerra. Independientemente de la probidad de los analistas de bajo nivel, el entonces recientemente designado Director de Inteligencia Central George Tenet ―el funcionario de la CIA que en última instancia toma las decisiones― apoyó a la administración en sus argumentos acerca de las ADM iraquíes en el momento decisivo. Tenet admite haber apoyado la infame acusación de Bush en el discurso del Estado de la Unión en enero de 2002 de que Iraq había tratado de comprar torta amarilla de uranio a la nación africana de Níger. Semanas después Tenet estuvo sentado junto a Colin Powell mientras el Secretario presentaba su caso ante la ONU.
Aún peor, Bob Woodward reporta ahora que Tenet dijo a Bush que su caso acerca de las ADM era un "jonrón", a pesar del supuesto escepticismo del Presidente cuando lo escuchó en la Oficina Oval de boca de altos analistas de la CIA. Bush tomó la decisión de ir a la guerra solo días después.
Tal servilismo insensible por parte del Director de Inteligencia Central es, desafortunadamente, nada nuevo. El caso más costoso y dolorosamente pertinente en el pasado es Viet Nam. Ya desde 1965 el analista de nivel medio Sam Adams había demostrado sistemáticamente que el principal adversario de EE.UU., el Viet Cong, tenía muchos más efectivos y apoyo popular en Viet Nam del sur que lo que el presidente Jonson, sus planificadores de guerra o incluso el director de la CIA Richard Helms querían reconocer. La fatal implicación era que las propuestas escaladas de tropas solo servirían para suministrar más carne de cañón a un enemigo demasiado grande y decidido como para derrotarlo. De manera similar, el oficial de inteligencia Ralph McGehee encontró comunistas por todas partes en los estados fronterizos de Laos y Tailandia.
Estos hombres honorables y casi extravagantemente patriotas, en vez de ser escuchados y recompensados por sus superiores fueron ignorados y demovidos. Después de haber sido sacado de su puesto en Tailandia, McGehee asistió en 1968 a una conferencia en Saigón de William Colby, jefe de la unidad con el eufemístico título de Equipo de Apoyo a Operaciones Civiles y Desarrollo Rural en Viet Nam (y sucesor de Helms como director de la CIA). McGehee fue testigo de una escena de pesadilla en la que los máximos jefes de la CIA, manejando cifras acerca de "Muertes de VC" e informes incomprensibles de inteligencia, parecían incapaces o indispuestos a dejar de luchar en una guerra improductiva e inmoral. En su momento más angustiado, escribió McGehee en sus memorias de 1983 Engaños mortales: mis 25 años en la CIA, pensó en colgar una banderola desde el techo del cuartel general de la agencia en Saigón y que dijera "Que se joda la CIA" o "LA CIA miente", y lanzarse después al vacío.
Solo podemos elucubrar si el decepcionante caso a favor de la Guerra en Iraq haya provocado una desesperación similar entre la gente de fila de la CIA. Cualquiera que sea el resultado, la agencia parece estar implicada en el más reciente y feo escándalo que haya emergido de la ocupación norteamericana. Las fotos de los abusos en la prisión iraquí de Abu Ghraib recuerdan otros atroces aspectos de la conducta de la CIA en Viet Nam. En un esfuerzo de contrainsurgencia llamado "Operación Fénix", durante años la CIA supervisó de manera sistemática el encarcelamiento, abuso y asesinato de sospechosos de pertenecer al Viet Cong. Repleta de detenciones arbitrarias de personas inocentes y ajustes de cuentas por parte de inescrupulosos operativos sudvietnamitas, la Operación degeneró en lo que un observador llamó "un baño de sangre contraproducente" que costó hasta 40 000 vidas.
El 11 de mayo, el Mayor General Taguba confirmó en su testimonio ante el Senado que oficiales de la CIA estaban implicados en controvertidos interrogatorios en Abu Ghraib. Sin embargo, Taguba no detalló su conducta. Por una parte parece que la agencia, en Iraq y otras partes, puede haber sido menos imprudente y abusiva que los equipos que operaban bajo Donald Rumsfeld. El testimonio de Taguba se realizó solo unos días antes del artículo de Seymour Hersh de que el Secretario de Defensa había creado un Programa de Acceso Especial (SAP) para manejar, entre otras cosas, interrogatorios delicados en Iraq. El SAP, que exacerbó el conflicto interno entre el Departamento de Defensa y la CIA (el cual puede haber contribuido a la renuncia de Tenet), estaba formado por equipos que operaban fuera de la CIA y que finalmente se ganaron fuertes objeciones de la agencia. Por otra parte, está claro que la CIA posee una culpabilidad significativa en relación con el escándalo internacional. El 12 de mayo The New York Times reportó las acusaciones de un afgano que dijo que había sufrido abuso físico y sadismo sexual a manos de oficiales de la CIA mientras estuvo prisionero en junio pasado. The Washington Post confirmó la misma semana la existencia de un GULAG global dirigido por la CIA en el cual centenares de sospechosos de la "guerra al terror" se encuentran en lejanas instalaciones ultrasecretas más allá de las fronteras de la supervisión y, es de temer, cualquier norma creíble de conducta humanitaria. Aun faltan otras investigaciones periodísticas y congresionales del papel de la CIA en el escándalo de las torturas.
¿Abolir la CIA?
Aunque la CIA aún no ha sido acusada por estos abusos, los fracasos de inteligencia acerca de la conspiración del 11/9 y de las AMD en Iraq han producido discusiones acerca de cómo las agencias norteamericanas de inteligencia pueden ser reformadas. La publicación de dos informes acerca de la CIA, así como el informe de la Comisión del 11/9 dio más vida a esa idea. La renuncia de George Tenet también amplió los pedidos de reforma. Pero las prescripciones actuales tienden a pedir solo cambios de ciertas responsabilidades administrativas y traslados burocráticos que permitan una mayor coordinación entre agencias como la CIA, el FBI y los buroes militares de inteligencia. Tales cambios no irán a la raíz de los problemas históricos; falta de supervisión, politización de la inteligencia y uso de operaciones encubiertas por el ejecutivo con propósitos inmorales.
Estos problemas crean la necesidad de un reexamen crítico de la misión original de la CIA. Los observadores han expresado preocupación de que la CIA, en efecto, haga inmune a la política exterior a una fiscalización externa, o que al menos sirva como una herramienta de discreción presidencial. Durante años el sentido de santidad de la misión de la CIA y la obsesión por el secreto acalló estas preocupaciones. Durante la Guerra Fría, cuando el anticomunismo tenía la condición de una cruzada, la CIA se veía a sí misma como una elegida súper patriótica, investida con el solemne deber de proteger a la república. Esencialmente su mensaje era: "Si ustedes supieran lo que yo sé acerca de los peligros del mundo, ustedes actuarían como nosotros. Sin embargo, por razones de seguridad nacional ustedes no pueden saber ni lo que nosotros sabemos ni lo que hacemos. Van a tener que confiar en nosotros". A la larga, el público lo hizo y la doctrina de la CIA de "negación creíble" evitó exitosamente las acusaciones periódicas de fechorías.

Fue necesaria una letanía de oscuras revelaciones durante los años 70 acerca de la conducta de la CIA, desde intentos de asesinato hasta espionaje en el interior del país y el entrenamiento de escuadrones de la muerte, para que se destrozara la confianza y se hicieran serias reconsideraciones acerca del funcionamiento de la CIA. McGehee sacó en conclusión de sus años de servicio que "la CIA no es ahora ni ha sido nunca una agencia central de inteligencia. Es el brazo de acción encubierta de los asesores de política exterior del Presidente. En esa condición, apoya o derroca a gobiernos mientras informa de 'inteligencia' que justifica esas actividades".
Críticos moderados trabajaron para hacer más riguroso el proceso de supervisión y la aprobación de operaciones encubiertas, reformas deshechas en gran medida bajo el presidente Ronald Reagan, lo que nuevamente sumió a la agencia en el escándalo.
El 11 de septiembre de 2001, en un trágico giro, dio a la CIA un nuevo y superior propósito: defender a EE.UU. contra el enemigo terrorista global ―y le restauró su dañada reputación. Una vez más, la CIA se presentaba como la fuerza de vanguardia en la protección del modo norteamericano de vida. Una actitud de confianza ciega en la agencia y en su uso por el Presidente se convirtió de nuevo en la norma.
Bush y la propia CIA han comenzado a minar esa confianza. En este contexto, los progresistas que estudian el oscuro pasado de la agencia y temen lo peor del futuro, pueden sencillamente abogar por la abolición de la CIA. Pero como esta exigencia es muy poco probable que se satisfaga en el actual clima político, no debe sustituir a llamados más inmediatos a corto plazo para garantizar, como mínimo, que las agencias norteamericanas de inteligencia ofrezcan información creíble e inmune a la manipulación política, respeto por los derechos humanos y que eviten alienar a la comunidad internacional.
En cuanto a la inteligencia, EE.UU. necesita un proceso para la evaluación neutral de los riesgos de seguridad nacional ―una pantalla o muro de contención entre la CIA y el ejecutivo para evitar más engaños mortales. Incluso los principales legisladores reconocen que hay demasiado en juego como para que la inteligencia sea manipulada por agendas privadas o intereses partidarios. (Los falsos alegatos de amenazas, por ejemplo, pueden llevar a que el mundo acuse a EE.UU. de gritar "ahí viene el lobo" cuando surjan los verdaderos). En cuanto a las operaciones encubiertas, el Congreso debe retirar el cheque en blanco que dio al Presidente después del 11/9 para hacer la guerra dónde, cuándo y cómo le parezca, sin prácticamente ninguna rendición de cuenta.
El conocimiento explícito del vergonzoso historial de la CIA en materia de derechos humanos debe ser un aspecto central al evaluar las operaciones de la agencia. En la era posterior al 11/9, hemos tenido que reaprender dolorosamente que la fe ciega y la idea perniciosa de que el imperativo de seguridad nacional justifica cualquier cosa hecha en su nombre es una receta para el desastre político y moral.

miércoles, enero 24, 2007

Los Estados Unidos contra Simon Bolivar

Los Estados Unidos contra Simón Bolívar

Grafiti bolivariano en el 23 de Enero (Caracas, Venezuela)

La historia de los pueblos es la historia de sus relaciones internacionales. Qué es si no la historia de los Estados Unidos de América: la puesta en práctica de su “Destino Manifiesto”, a costa de la arbitraria relación con los países puestos a tiro de sus cañoneras y fusiles o de su diplomacia, unas veces jesuítica y otras de chocante e insólita franqueza —o rudeza, para ser más francos. La escalada expansionista fue iniciada hasta 1781 por los presidentes Washington, Jefferson, Adams, Madison y Monroe, aprovechando las disensiones de los países europeos y los conflictos de éstos con sus colonias de ultramar.

Las trece colonias de 1800, que se formaron desalojando a las naciones indias de sus territorios, en 1803 se agrandaron con Nueva Orleans y Luisiana compradas a Napoleón en guerra con Inglaterra y víctima de su poderío naval. En 1795, por el temor de los españoles de que coaligados ingleses y norteamericanos se apoderaran de Louisiana, consiguieron el deseado derecho a la navegación por el río Mississipi. Desde entonces, “la premisa para las relaciones comerciales universales fue la neutralidad. En caso de necesidad, declaraba Washington, estarían justificadas las temporary alliances. Las permanent alliances, por el contrario, sólo podrán redundar en perjuicio de América, pues los europeos tenían algunos “intereses primarios” que no eran compartidos por los americanos”.1

Ahora ¡Canadá! ¡Canadá! ¡Canadá!, y Florida, gritaban en 1810 los productores de tabaco, trigo y algodón, y para complacerlos, en 1812, Jefferson declaró la guerra a Inglaterra dueña del Canadá; los ingleses se tomaron Washington y los norteamericanos dejaron de desear al Canadá de la poderosa Inglaterra para concretarse en la anexión de la Florida en poder de la apurada, decadente y lejana España; sin dejar, desde luego, de soñar con la anexión de México y Cuba. “México centellea ante nuestros ojos. Lo único que esperamos es ser dueños del mundo”, había dicho John Adams en 1804.

Los proyectos expansionistas de los Estados Unidos a costa de las posesiones españolas, las entrevió muy bien don Luis de Onis, ministro de España en Washington, cuando el 1º de abril de 1812, en nota reservada al virrey de Nueva España, Francisco Javier de Venegas, le decía: “Cada día se van desarrollando más y más las ideas ambiciosas de esta República (...) este gobierno no se ha propuesto nada menos que el de fijar sus límites en la embocadura del río Norte o Bravo, siguiendo su curso hasta el grado 31 y desde allí tirando una línea recta hasta el mar Pacífico, tomándose por consiguiente las provincias de Tejas, Nuevo Santander, Coahuila, Nuevo México y parte de la provincia de Nueva Viscaya y la Sonora. Parecería un delirio este proyecto, pero no es menos seguro que el proyecto existe, y que se ha levantado un plan de estas provincias por orden del gobierno, incluyendo la isla de Cuba, como una pertenencia natural de la República. Los medios que se adoptan para preparar la ejecución de este plan son (...) la seducción, la intriga, los emisarios, sembrar y alimentar las disensiones en nuestras provincias de este continente, favorecer la guerra civil, y dar auxilios en armas y municiones a los insurgentes...”.2

El 25 de julio de 1817, 150 patriotas venezolanos ocuparon la isla Amelia, en la Costa Atlántica de los Estados Unidos, en poder de España, proclamaron la República de Florida y designaron a Fernandina, su puerto principal, como capital de la República; ante este feliz acontecimiento, Simón Bolívar le remitió a Lino de Clemente, enviado especial del Libertador ante el gobierno de los Estados Unidos, instrucciones para gestionar todos los asuntos “políticos y comerciales” referidos a la nueva República. El 30 de marzo, Mac Gregor, el libertador de Amelia, recibió instrucciones de Lino de Clemente para ocupar un puerto en la Costa Oriental de Florida; con esa acción se pretendía amenazar la ocupación de Cuba por España, auxiliar a los patriotas de México y propiciar el desguarnecimiento militar de esa colonia en caso del envío de tropas a Cuba amenazada por los republicanos, y se controlaba el paso de embarcaciones con destino a las tropas realistas de Venezuela, a más de las ventajas de tener un punto de acopio para los víveres y las armas que podrían adquirirse en los Estados Unidos.

Y la reacción de los Estados Unidos no se hizo esperar; el presidente Monroe empezó por descalificar ante el Congreso de su país a los libertadores de Florida; los llamó aventureros, fugitivos internacionales, piratas, esclavos que se ocultaban; se aventuró a afirmar que no se había establecido en Amelia un gobierno, sino un sistema de piratería que propiciaba el contrabando y la rebelión de los seminolas contra los Estados Unidos. Al general Mac Gregor que ocupó Amelia le libraron orden de captura y, en seguida, empezaron los consabidos pretextos de los incidentes; por uno de ellos se acusó al buque venezolano Tentativa de haber violado aguas territoriales estadounidenses, y el comandante John Elton lo incendió. El comodoro J. D. Henley y el mayor J. Bankhead, el 22 de diciembre le comunicaron al comandante Luis Aury, que había sucedido a Mac Gregor en la misión de libertar a la Florida, la orden que tenían de tomar la isla Amelia. Aury les contestó preguntándoles que sí procedían en nombre del rey de España o de sus aliados. Al día siguiente las fuerzas estadounidenses ocuparon la isla Amelia y el puerto de Galveston (Tejas) que había tomado Aury. Así los Estados Unidos se anexaron la isla Amelia. Después, tras someter a los seminolas, se apoderarán también de la Florida que, prácticamente, ya en poder de los norteamericanos, la cedió España. Se cumplirá también la previsión de Bolívar, cuando desde San Cristóbal le escribió a Guillermo White en mayo de 1820: “La América del Norte, siguiendo su conducta aritmética de negocios, aprovechará la ocasión (la Revolución de España) para hacerse a las Floridas...”.3 Por eso, mientras duraron las negociaciones, Estados Unidos se declaró “neutral” en el conflicto emancipador hispanoamericano, y no quiso reconocer la independencia de las ex colonias españolas, sino cuando el tratado sobre el asunto de Florida quedó finiquitado con España; y cuando en 1822 reconoció la independencia de estos países, ante la protesta del gobierno español, el de los Estados Unidos, por intermedio de John Quincy Adams, contestó en nota diplomática: “Este reconocimiento no se hace para invalidar los derechos de España, ni de impedir el uso de los medios que aún esté dispuesta a emplear para reunir aquellas provincias al resto de sus dominios”.4

Pocos días después de la proclamación de la República de Florida, una flotilla venezolana capturó en el Orinoco las goletas norteamericanas Tigre y Libertad, cuando llevaban armas y municiones de boca para el ejército español, burlando así el bloqueo de la Guayana y Angostura que había decretado Simón Bolívar y cuya disposición hizo conocer ampliamente en los países hispanoamericanos y en los Estados Unidos. Las embarcaciones fueron confiscadas, y ante el Libertador fueron infructuosas las gestiones del gobierno de los Estados Unidos para que las naves fuesen devueltas.

En junio de 1818 llegó a Venezuela Juan Bautista Ivirne a tratar el asunto de la devolución de las goletas; pero el Libertador se negó a recibirlo, de la misma manera como el gobierno de Washington se negó a recibir a su enviado plenipotenciario Lino de Clemente, por el asunto de la República de Florida. Simón Bolívar obligó al agente norteamericano a un duelo epistolar (10 cartas), entre el 29 de junio y el 12 de octubre, cuando con desdén le escribe que él (el Libertador) “tiene derecho a esperar que cese la correspondencia”.5

En la primera carta se refiere a la opinión que el Libertador tenía de esos ciudadanos norteamericanos “que olvidando lo que se debe a la fraternidad, a la amistad y a los principios liberales que seguimos, han intentado y ejecutado burlar el bloqueo y el sitio de las plazas de Guayana y Angostura, para dar armas a unos verdugos y para alimentar a unos tigres, que por tres siglos han derramado la mayor parte de la sangre americana (...). No son neutrales los que prestan armas y municiones de boca y guerra a unas plazas sitiadas y legalmente bloqueadas”.6 En la carta del 20 de agosto, después de hacer ver que no puede haber neutralidad cuando se ayuda a una de las partes contra la otra, decía que hablaba de la “conducta de los Estados Unidos del Norte con respecto a los independientes del Sur, y de las rigurosas leyes promulgadas con el objeto de impedir toda especie de auxilios que pudiéramos procurarnos allí. Contra la lenidad de las leyes americanas se ha visto imponer una pena de diez años de prisión y diez mil pesos de multa, que equivale a la de muerte, contra los virtuosos ciudadanos que quisieron proteger nuestra causa, la causa de la justicia, y de la libertad, la causa de América (...) Mr. Corbett ha demostrado plenamente en su semanario la parcialidad de los Estados Unidos a favor de la España en la contienda”.7

Nutrida es la correspondencia del Libertador en la cual deja en claro la perversa e interesada conducta de los “albinos”, como llamaba a los norteamericanos; a José Rafael Revenga: “Jamás conducta ha sido más infame que la de los norteamericanos con nosotros” (San Cristóbal, 25-V-1820); a Rafael Urdaneta: “Wilson me escribe que en los Estados Unidos no ha encontrado a nadie que hablara en mi favor” (Guayaquil, 30-VII-1829); a Patrick Campbell: los Estados Unidos “parecen destinados por la Providencia para plagar la América de miserias a nombre de la Libertad” (Guayaquil, 5-VIII-1829); a Santander: “Aborrezco a esa canalla de tal modo, que no quisiera que se dijera que un colombiano hacía nada como ellos” (Potosí, 21-X-1825); al mismo vicepresidente: “Y así, yo recomiendo a usted que haga tener la mayor vigilancia sobre estos americanos que frecuentan las costas: son capaces de vender a Colombia por un real si la tuvieran” (Magdalena, 13-VI-1826); en fin, que los términos con los cuales los califica no bajan de “canalla”, “belicosos”, “regatones”, “capaces de todo”, “egoístas”, “humillantes” y “fratricidas”: “Ya que por su anti-neutralidad, la América nos ha vejado tanto, exijámosle servicios que nos compensen sus humillaciones y fratricidios. Pidamos mucho y mostrémonos circunspectos para valer más o hacernos valer” (en la misma carta a Revenga).

Con razón el Libertador no los invitó al Congreso Anfictiónico de Panamá; aunque, como le decía a Santander, “este paso nos costará pesadumbres con los albinos” (Ibarra, 23-XII-1822); pero el vicepresidente Santander —que en carta enviada a Bolívar (La Laguna, 25-III-1819) se había dolido del “ceño amenazador de Europa y de la indiferencia de los Estados Unidos” ante nuestra independencia—, siguiendo su propio criterio, y en vista de que los norteamericanos ya habían reconocido nuestro gobierno, los invitó a ese Congreso que los mismos norteamericanos descalificaron, sabotearon, y se dolieron de que no fueran ellos quienes lo presidiesen para oponerse a la influencia del “dictador”, como llamaba William Tudor, cónsul de Estados Unidos ante el gobierno del Perú, a Simón Bolívar, y también “usurpador”, el “loco de Colombia” en quien no lograba entrever otra cosa que “su profunda hipocresía”, “sus intereses particulares” y su destino ineludible de ser recordado “como uno de los más rastreros usurpadores militares”.

Pero “afortunadamente” para los Estados Unidos el Congreso de Panamá fracasó, y fracasó Bolívar, así, decía Tudor: “los Estados Unidos se ven aliviados de un enemigo peligroso en el futuro... si hubiera triunfado estoy persuadido de que habríamos sufrido su animosidad”. Tomás S. Willimont, precónsul inglés en el Perú, escribía al Conde de Dudley, secretario del Estado Británico, en noviembre de 1826: “La maligna hostilidad de los yanquis hacia el Libertador es tal, que algunos de ellos llevan la animosidad hasta el extremo de lamentar abiertamente que allí donde ha surgido un segundo César no hubiera surgido un segundo Bruto”.

Capítulo aparte merece el estudio de la conspiración y el espionaje contra Bolívar que, después de la “noche septembrina”, inició el ministro de los Estados Unidos ante la República de Colombia, Mr. Harrison, con los enemigos del Libertador; y fue tan “franca” y agresiva su conducta, y tan descarada su intromisión en los asuntos internos del país, que desde Popayán (22-XI-1829) el Libertador le escribía a su ministro de Relaciones Exteriores, Estanislao Vergara: “Dirijo a usted original de una carta que he recibido del señor Harrison con el objeto de que usted se sirva presentarla a Consejo para que delibere sobre ella, si lo estima conveniente. Este señor, siendo un ministro extranjero, pretende mezclarse de un modo muy directo y por una nota semioficial en nuestros negocios”.8 Los Estados Unidos fueron desde un principio enemigos de la independencia de los países al sur del río Bravo, porque la emancipación de estas colonias favorecía los intereses económicos de Inglaterra; ya en 1781 Jefferson había dicho que la independencia de los países hispanoamericanos “era necesario posponerla hasta que los Estados Unidos puedan beneficiarse de ella y no Inglaterra”.

En fin, en la mutua animosidad del Libertador y los Estados Unidos se patentiza, por un lado, la tendencia hegemónica y expansionista de los Estados Unidos; por otro, la concepción bolivariana de una Gran Patria Americana conformada por países “antes colonias españolas” y unidas con vínculos de sangre, de religión y de costumbres, y en donde lo que debamos o tengamos que hacer ha de tener el sabor de nuestro propio vino, que no tiene que oler al rancio de los bebedores y glotones de los reinos de la Intromisión, la Anexión, la Grosera Franqueza y la Libertad y Democracia a Nuestro Modo.

Es cierto que lo que Bolívar no alcanzó a hacer, está por hacerse; y lo que está por hacerse, a la par del logro de la libertad que jamás la ha tenido el pueblo, es alcanzar el respeto internacional por nuestros recursos naturales, por nuestras costumbres, por nuestras leyes y por nuestros propios errores que para enmendarlos no precisan de las visas para entrar a ningún reino de la fantasía y la gaseosa. Lo que Bolívar no hizo, está por hacerse, y lo que está por hacerse, es lo que Bolívar hizo...

Notas

  1. Los Estados Unidos de América. Historia Universal Siglo XXI, vol. 30. México, 1979; p. 55.
  2. Documentos para la historia de la vida pública del Libertador, compilación de José Félix Blanco y Ramón Azpúrua. vol. III. Caracas. Ediciones Presidencia de la República, 1978; p. 608.
  3. Bolívar, Simón. Cartas del Libertador, vol. III. Compilación y notas de Vicente Lecuna. Caracas. Tipografía del Comercio, 1930; p. 232.
  4. Documentos, vol. VIII. Op. cit., p. 232.
  5. Bolívar. Op. cit. vol. XI; p. 158.
  6. Ibid., p. 126.
  7. Ibid., p. 135, 136.
  8. Ibid., vol. III., p. 192.

lunes, enero 01, 2007

El Oeste Negro




01-01-2007
Indios y africanos en la era de la exploración

William Loren Katz

Traducido del inglés para Rebelión por Germán Leyens

Los africanos que navegaron con Colón, Balboa, y las demás expediciones europeas en la "era de la exploración" ayudaron a cambiar las Américas y el mundo. En 1513, treinta africanos con Balboa se abrieron paso por la exuberante vegetación de Panamá y llegaron al Pacífico. Sus hombres se detuvieron para construir los primeros barcos europeos de gran tamaño en la costa del Pacifico. Hubo africanos con Ponce de León cuando llegó a Florida, y cuando Cortés conquistó México trescientos africanos arrastraron sus inmensos cañones a la batalla. Uno se quedó para plantar y cosechar el primer cultivo de trigo en el Nuevo Mundo.

Africanos marcharon a Perú con Pizarro, y llevaron su cuerpo asesinado a la catedral. Estuvieron con Almagro y Valdivia en Chile, Alvarado en Ecuador, y Cabrillo cuando llegó a California. Los europeos destruyeron un mundo, pero muchos africanos salieron de la devastación para buscar una nueva vida. Muchos la encontraron entre los americanos nativos en México, el Sudoeste y en otros sitios en las Américas.

Los primeros africanos que entraron en las crónicas del Nuevo Mundo, a los que el historiador Ira Berlin ha llamado "criollos atlánticos," fueron hombres poseídos de extraordinarias habilidades lingüísticas, familiarizados con la vida en África, Europa y las Américas. "Fluidos en los nuevos lenguajes [de las Américas], y compenetrados de su comercio y sus culturas, eran cosmopolitas en el sentido más amplio," escribió Berlin sobre estos pioneros intercontinentales. El historiador Peter Bakker describe sus contribuciones:

"Especialmente en el período de los primeros contactos, los africanos fueron altamente apreciados por los europeos como intérpretes con los americanos nativos. Estos hombres de origen africano no eran esclavos, sino hombres negros libres empleados por varias empresas europeas de comercio y exploración.

El uso de africanos como intérpretes en empresas de comercio y exploración fue iniciado por los portugueses en el Siglo XV. El príncipe Enrique el Navegador ordenó en 1435 que se utilizaran intérpretes en todos esos viajes. Los barcos portugueses llevaron después sistemáticamente africanos a Lisboa, donde se les enseñaba portugués para que pudieran ser utilizados como intérpretes en viajes subsiguientes a África.

La estrategia portuguesa fue imitada por otros europeos."

Contratados inicialmente como intérpretes, negociadores, y embajadores, muchos de esos africanos se establecieron en las Américas y se las arreglaron solos. En Latinoamérica la iglesia católica celebró sus almas, consagró sus matrimonios, bautizó a sus hijos, y enterró sus restos en suelo consagrado. En el Siglo XVII, desde Angola a Lisboa a Rio de Janeiro, colonos africanos formaron hermandades religiosas y sociedades de ayuda mutua, y en 1650 La Habana, Ciudad de México y San Salvador tenían comunidades "criollas atlánticas."

En Norteamérica "tanto blancos como indios se basaron considerablemente en intérpretes negros," escribe el historiador J. Leitch Wright, Jr., y estos eran considerados "entre los más versátiles del mundo." Los africanos mostraron que eran altamente efectivos en la creación de relaciones pacíficas con los americanos nativos. En las Carolinas en la década de 1710, Timboe, un africano, era "un intérprete altamente apreciado" cuyo papel, escribe el historiador Peter Woods: "Es emblemático de la desconcertante posición intermediaria ocupada por todos los esclavos negros durante esos años."

Funcionarios europeos comenzaron a tratar a algunos africanos de desfachatados y arrogantes. Se referían usualmente a los que promovían con éxito sus propios intereses, lanzaban negocios mercantiles, o se independizaban como diplomáticos de carrera. Matthieu da Costa, un africano, puede haber visitado el lugar de Nueva York como traductor para los franceses u holandeses antes de que el Half Moon de Henry Hudson llegara en 1609. Funcionarios holandeses y franceses se enfrentaron en el tribunal por el derecho exclusivo a los servicios de da Costa. En Nueva Amsterdam, dos años antes de que los holandeses construyeran su primer fuerte, Jan Rodríguez, un africano, estableció una estación de comercio entre los algonquinos.

Africanos e indios: esclavos y aliados

En su busca de riquezas, los conquistadores proyectaron la larga sombra de la esclavitud sobre las Américas. El 12 de octubre de 1492, Cristóbal Colón escribió en su diario: "en la primera isla que hallé tomé por fuerza algunos de ellos..." Seis años después el explorador John Cabot capturó a seis americanos nativos. La conquista europea resultó en un ímpetu por esclavizar peones.

En 1520 Lucas Vázquez de Ayllon despachó dos emisarios a la costa de Carolina del Sur para crear amistad entre los nativos y ubicar un lugar para su colonia. En vez de hacerlo, los dos capturaron a setenta americanos nativos: el hecho significó que la esclavización de gente libre fuera el primer acto europeo sobre lo que sería suelo de USA.

En abril de 1526, Vázquez de Ayllon navegó a la costa de Carolina del Sur para construir su asentamiento soñado, San Miguel de Gualdape. Llegó con quinientos españoles y cien peones africanos. Pero el desgobierno, la enfermedad y la hostilidad de los indios acosaron a su colonia durante seis meses y le costaron la vida. Luego la resistencia india y la rebeldía de los esclavos la destrozaron, y los europeos sobrevivientes se retiraron a Santo Domingo. Los africanos restantes se unieron a los americanos nativos vecinos, y juntos crearon el primer asentamiento permanente en USA que incluyera a gente de ultramar. Su colonia pacífica, marcada por la amistad y la cooperación entre los extraños y los recién llegados, introdujeron un legado USamericano que no nació de la codicia y la conquista. Los conquistadores pronto invadieron San Miguel de Gualdape, pero hubo muchos lugares similares en las Américas.

Los americanos nativos fueron los primeros en ser esclavizados por europeos en el Nuevo Mundo, y millones murieron como resultado de enfermedades extranjeras, demasiado trabajo, y la crueldad. Los mercaderes europeos luego se volvieron a África y capturaron a sus hombres, mujeres y niños más fuertes para que realizaran el trabajo duro en las nuevas tierras.

Esto significa que indios y africanos se juntaron primero en las chozas de los esclavos, las minas y las plantaciones de las Américas. En 1502 Nicolás de Ovando, el nuevo gobernador de Hispaniola, los cuarteles de España en el Caribe, llegó en una flotilla que llevaba a los primeros africanos esclavizados. Dentro de un año Ovando informó al rey Fernando que sus africanos habían escapado, hallado una nueva vida entre los americanos nativos, y que "nunca pudieron ser capturados." Describía una tradición USamericana más antigua que la primera Acción de Gracias.

En las décadas siguientes africanos e indios esclavizados escaparon juntos a la esclavitud y comenzaron a unirse contra el enemigo común. El antropólogo Richard Price estudió las leyendas sagradas de los indígenas saramaca de Guayana Holandesa, ahora Surinam, que se originan en 1685. En una, Lanu, un esclavo africano que se convertiría en líder de los saramaca, escapó, y Wamba, el espíritu de la selva de los indios, entró a su mente para conducirlo a una aldea nativa. "Los indios primero escaparon y luego, ya que conocían el bosque, volvieron y liberaron a los africanos," concluyó Price.

Una vez liberados de los conquistadores europeos, africanos y americanos nativos descubrieron que tenían más en común entre ellos que con un enemigo que usaba mosquetes y látigos. Lo espiritual y el entorno se fusionaron en ambos pueblos. La religión no se limitó a un solo día de oración sino que fue asunto de reflexión y acción diarias. Africanos e indios creían que las necesidades de la comunidad, no el beneficio privado, debían determinar las decisiones judiciales, económicas y vitales. Ambos aceptaron una economía basada en la cooperación, y los desconcertaba la pasión del conquistador por acumular riquezas.

Durante la conquista los dos pueblos se hicieron contribuciones mutuas importantes. La penosa travesía y la esclavización dieron a los africanos una comprensión multidimensional de los objetivos, la democracia y el armamento europeos. A los americanos nativos les aportaron su conocimiento de los planes, las debilidades del enemigo, y a menudo armas y munición. Las sociedades americanas nativas ofrecieron a los africanos una mano cobriza de amistad, un refugio, una nueva vida – y una base para la insurgencia.

En las primeras décadas del Siglo XVI, revueltas de esclavos en Colombia, Cuba, Panamá, y Puerto Rico vieron a menudo a africanos y americanos nativos actuando al unísono. En 1537 el virrey Antonio de Mendoza de Hispaniola habló de una gran rebelión que amenazó a la Ciudad de México, diciendo que los africanos "había elegido un rey, y... los indios estaban con ellos." En 1570, funcionarios coloniales españoles admitieron que uno de diez esclavos estaba viviendo en libertad. El virrey Martín Enríquez de Almanza advirtió más adelante: "Están llegando los días en los que estas gentes [los africanos] se habrán convertido en amos de los indios, puesto que nacieron entre ellos y sus doncellas, y son hombres que se atreven a morir tan bien como cualquier español."

En el Sudoeste, los africanos se unieron a la revuelta de los indios pueblo de 1680 como dirigentes y soldados, ayudando a expulsar a los ejércitos y misioneros españoles y liberando la región durante doce años. Décadas antes de que cincuenta y cinco blancos se reunieran en Filadelfia en 1776 y escribieran la Declaración de Independencia, gente de color se había rebelado en el continente contra la dominación extranjera, la injusticia y la esclavitud. Se convirtieron en los primeros combatientes por la libertad de las Américas.

"La división de las razas es un elemento indispensable," advirtió un funcionario español. Los gobernadores europeos trataron constantemente de destruir las alianzas en sus comienzos con tácticas de dividir para vencer. En 1523 Hernando Cortés impuso una orden real en México que excluía a los africanos de las aldeas indias. En 1723, Jean-Baptiste LeMoyne de Bienville, gobernador fundador de Luisiana, instó a que se hiciera que "estos bárbaros se opongan los unos a los otros como la única manera de establecer alguna seguridad en la colonia." En 1776, el coronel de USA Stephen Bull, dijo que su política era "establecer el odio" entre las dos razas, y despachó a indios a perseguir a negros fugitivos en las Carolinas.

Ofrecieron recompensas impresionantes a los africanos para que combatieran a los indios y a los indios para combatieran a los africanos. En las Carolinas, sobornaron a americanos nativos con tres mantas y un mosquete, y en Virginia fueron treinta y cinco cueros de venado. El gobernador Perier de Luisiana ofreció a los indios dos mosquetes, dos mantas, veinte libras de pelotas, cuatro camisas, espejos, cuchillos, pedernales para mosquetes, y cuatro medidas de paño por la recaptura de un solo fugitivo. Guerreros locales a negaron a menudo a perseguir a fugitivos, por lo que los europeos tenían que reclutar a gente de regiones alejadas. "No podemos crear un abismo suficientemente profundo entre las razas," declaró un funcionario francés.

En 1708 los colonos británicos usaron a esclavos como guardias montados para proteger a Charleston colonial de los indios. En la frontera de Virginia, George Washington contrató a "pioneros o sicarios" afro-americanos. En 1747, la legislatura de Carolina del Sur agradeció a sus milicianos de origen africano porque "en tiempos de guerra, se comportaron con gran fidelidad y coraje, repeliendo los ataques de los enemigos de Su Majestad." Pero la legislatura limitó la cantidad de negros a un tercio del total para asegurarse de que siempre serían una minoría en comparación con los blancos armados.

A pesar de las estrategias de dividir para gobernar, nunca se logró un control total. En 1721 el gobernador de Virginia hizo que las Cinco Naciones firmaran un tratado y prometieran devolver a todos los fugitivos; en 1726 el gobernador de Nueva York hizo que la Confederación Iroquesa hiciera una promesa similar; en 1746 los hurones prometieron y al año siguiente lo hicieron los delaware. Ninguno, dice el erudito Kenneth W. Porter, devolvió a un solo esclavo.

Lo que para los mercaderes y dueños de plantaciones europeos era asunto de beneficios había tomado un significado diferente para los americanos nativos. No cercenarían los lazos entre marido y mujer, padre e hijos, parientes y seres amados. Al no tener prejuicios raciales, los americanos nativos habían acogido a los africanos en sus aldeas, luego en sus hogares y familias. Esto fue evidente para todo observador atento. Thomas Jefferson descubrió entre los mattaponis de Virginia "más sangre negra que india." El artista George Catlin describió que "los negros y los indios norteamericanos, mezclados, de sangre igual," eran "los hombres de mejor físico y más poderosos que haya visto hasta ahora."

Provocando la furia crepitante de los dueños de plantaciones europeos, dos pueblos oscuros no sólo se presentaban como familias sino que se unían como aliados. Durante la Guerra Pontiac en 1763, un colono blanco en Detroit se quejó: "Los indios salvan y acarician a todos los negros que capturan," y advirtió que esto podría "producir una insurrección." Africanos e indios enfrentaban a regímenes más implacablemente crueles que el denunciado en la Declaración de Independencia. Los dos pueblos de color tuvieron que derrotar a fuerzas armadas de caza de esclavos despachados por los hombres que escribieron la gran carta de la libertad.

Carter G. Woodson, padre de la historia afro-americana moderna, llamó a esta mezcla genética de gente de color "uno de los capítulos no escritos más largos en la historia de USA." También produjo una serie de personas de talento. Una persona superdotada que emergió de esta relación fue Wildfire, nacida en 1846 en la parte norte de Nueva York de una madre chippewa y de un padre afro americano. Hasta su adolescencia vivió con el pueblo de su madre, después asistió al Oberlin College y comenzó, como Edmonia Lewis, una carrera en el arte y la escultura.

Después de la Guerra Civil, Lewis tuvo un estudio en Roma en el que produjo obras basadas en temas africanos y americanos nativos. En la década siguiente, su arte fue vendido en toda Europa y en USA, y en 1876 su "Muerte de Cleopatra" de 4 metros de alto, exhibida en la Exposición Centenaria de Filadelfia, fue llamada "la estatua más grandiosa de la Exposición."

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Extracto del primer capítulo de su libro "The Black West" de William Katz Copyright © 2005 by William Katz.

The Black West

A Documentary and Pictoral History of the African American Role in the Westward Expansion of the United States

Escrito por William Katz

http://www.williamlkatz.com/Books/BlackWest/